Somos como Viajamos

Compartí con nosotros el camino hacia nuestro sueño: viajar en bicicleta por la ruta 40, desde Ushuaia a La Quiaca!!!


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Anécdotas #1 #2 #3: Cruzando Santa Cruz en bici!

26/1/15. Salimos de Río Gallegos con un día hermoso de sol rumbo a Río Turbio, destino que alcanzaríamos unos días más tarde. Dejamos el camping de la capital de Santa Cruz cerca del medio día, y pedaleamos apróx. 30 kms por la ruta 3 hasta el empalme con la ruta 40. Frenamos en el control policial que se encuentra ahí mismo, y nos sentamos al solcito a tomar unos mates con pan dulce (de esos de supermercado, baratos y con poquitas frutas). Luego de compartir la confitura con un perrito callejero, empalmamos felices la ruta 40. Pedaleamos unos 40 kms más y cuando comenzó a nublarse y a ponerse para llover, nos dimos paso por una simpática tranquera con una estancia de fondo. Decidimos entrar a pedir permiso para descansar al reparo del viento y de la lluvia que se venía. Pedaleamos por un camino de piedras sueltas, unos 3 kms hasta descubrir que no nos llevaba a ningún lado. Cortamos por el medio del campo unos 2 kms más pero con las bicis al lado (ya que no se podía pedalear), y cuando estábamos cerca del casco de la estancia, descubrimos que un alambrado nos separaba de ella. Erróneamente habíamos ingresado por una tranquera que nos llevó, sin saber, al campo vecino de esa estancia, cuyo acceso también se encontraba sobre la ruta, pero un poco más adelante de donde habíamos entrado. Para todo esto ya estaba lloviznando, teníamos un poco de frío y haber boyado por el campo sin rumbo nos había puesto un poco de mal humor. Pasamos por un guarda ganado qué nos vino al pelo, para no tener que levantar las bicis por encima del alambrado, y nos presentamos ante un empleado de la estancia de unos 70 años. Preguntamos si podíamos refugiarnos de la lluvia en alguno de los tinglados que tenia la estancia y pasar ahí la noche, para salir al otro día temprano. Nos dijo amablemente que le tenía que preguntar a su patrón. Esperamos hasta que éste último salió de una pintoresca casa junto a su dos pequeños nietos, y muy diplomáticamente nos dijo que “no contaba con lugar para que pongamos la carpa” (en una estancia de cientos o tal vez miles de hectáreas, con galpones, casas y tinglados por doquier). Atónitos por su respuesta negativa, le dijimos “gracias” y nos marchamos. Seguimos por un buen rato pedaleando y despotricando desde lo más profundo y oscuro de nuestro ser (?) contra el estanciero, y sin ningún refugio al alcance de la vista. Nos tomamos 10 minutos para compartir una sopa instantánea con galletitas de agua y entre la lluvia intermitente y la estepa patagónica, pedaleamos 40 kms más, hasta encontrar la próxima estancia. Sumábamos ya 110 kms y verla a los lejos nos trajo la idea a la cabeza de estar llegando a un paraíso terrenal.

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Pero, como ya lo dice el refrán “no todo lo que brilla es oro” y ésta no iba a ser la excepción. Eran ya las 21,30 hs y recién estaba empezando a caer la tarde, lloviznaba y el frío comenzaba a ganar protagonismo. Entramos a la estancia, un puestero se nos acercó, y a los 30 segundos de charlar, nos invitó a quedarnos en una de las casas donde dormían el domador y un peón de la estancia. “Hay una habitación libre con camas y colchones, van a estar calentitos e incluso pueden ducharse”, nos dijo amable y sinceramente, mientras caminábamos. Entramos y vimos con asombro el lugar donde nos quedaríamos. Era una casa en muy malas condiciones, en la que los dueños de la estancia alojaban en ese momento a dos trabajadores que venían del interior de nuestro país. El baño no lo voy a describir, sólo voy a decir que apenas me asomé, decidí no usarlo. La habitación que el puestero nos ofreció con la mayor hospitalidad, estaba vacía pero sus pisos de madera y paredes estaban teñidos de mugre acumulada en años. Habían dos colchones casi deshechos. No había basura dando vueltas, sino suciedad impregnada. Pensamos en salir e ir armar todo en pleno campo, pero no quisimos ya que el señor que nos ofreció el lugar estaba contento con nuestra visita, y afuera ya era de noche, estaba todo mojado por la lluvia y hacía mucho frío. Tripa y corazón, ventanas abiertas, y a armar la carpa adentro del cuarto! Estábamos agradecidos porque nos dieron un lugarcito, llegamos de noche y que nos reciban amablemente y den un refugio era un montón. Lo que nos desconcertaba era como los dueños de semejante estancia, tenían viviendo en esas condiciones a su personal que se venía hasta el culo del mundo, literalmente, a trabajar. No conocí las demás casas por dentro, pero esa, que sí la ví, no era un lugar digno para que esta gente descanse luego de su jornada laboral. Sentí indignación y ganas de hablar con el dueño, sinónimo para mí de “entidad invisible sin ojos ni corazón”. Pensé que tal vez con un poco de buena intención, unas latas de pintura, y algunos artefactos y elementos básicos para hacer de un ambiente un lugar habitable, podrían los estancieros mejorar la estadía de las personas que allí trabajaban. No salí del cuarto, y usé un perchero para colgar nuestras cosas. Lucas fue a cocinar y charló con los dos empleados que vivían temporalmente en la casa. Si bien me dijo que le parecían buenas personas, yo que apenas los ví cuando entré, juzgué sin conocerlos que no tenían cara de muchos amigos y hasta pensé (ese miedo infundado que duerme en el inconsciente de las mujeres) en la posibilidad de que fueran asesinos seriales que me iba a venir a buscar de noche (¿?). Lucas me trajo al cuarto la ollita con la polenta condimentada y con queso de rallar, ya que yo estaba inamovible en la carpa, sentía mis piernas cansadísimas y quería abstraerme de lo que había a mi alrededor: la mugre de antaño adosada a la estructura del cuarto, los posibles empleados rurales que de noche se convertirían en asesinos de chicas ciclistas, el mierda del dueño que ya había enjuiciado como un explotador, etc. Comí y me quedé ahí… como anclada. Le pedí a Lucas que ponga el pasador que tenía la puerta, para sentirme psicológicamente más “segura” y me “desmayé” durmiendo unas 9 hs. de corrido hasta el día siguiente. Cuando nos despertamos, sacamos todo para armar las bicis afuera, y notamos que ya no había nadie en la casa. Estaban desde temprano trabajando en el campo. Tuve el impulso de espiar la habitación donde ellos dormían por la cerradura de la puerta y si bien era un cuarto muy deteriorado, tenían sus camas arregladas, su ropa prolijamente doblada y cada uno su equipo de mate impecable en un rincón del cuarto que compartían. Sentí que todas sus cosas brillaban, en un lugar que tenía todo menos brillo. Me reí y me avergoncé al mismo tiempo de mí misma, por no contenerme y espiar, y por mi absurda imaginación que me llevó a “desconfiar” la noche anterior de aquellas personas.

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Ese día el viento soplaba muy fuerte y todo en nuestra contra. Pedaleamos 10 kms que parecieron 50, y frenamos en un destacamento policial a pedir agua caliente. Nos recibió Julio, una gran persona y policía de 42 años, que trabajaba 4 días a la semana en este paraje en medio de la nada y 3 días en Río Gallegos, en donde vivía con su Sra. y sus 5 hijos. En ese momento estaba de guardia, y nos invitó pasar a la casa para que desayunáramos ahí mismo. En pocos minutos nos hizo sentir tan a gusto que entre charla y mates se pasaron las horas. Nos duchamos y armamos la carpa en el patio rodeado de álamos del destacamento. Descansamos súper bien y al día siguiente nos despedimos, contentos de haberlo conocido y deseando que la vida y las rutas nos vuelvan a cruzar.

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Gracias Julio!!! 🙂

Ese día avanzamos apenas 30 kms. El viento estaba potenciado, sabíamos de ante mano que ése tramo de la ruta iba a ser duro, ya que generalmente el viento sopla del oeste y nosotros cruzábamos Santa Cruz hacia esa dirección. Nuevamente el cielo estaba cargado y dejamos de pedalear en el momento que comenzaba a llover. Nos refugiamos debajo de un puente que parecía ser estrenado por nosotros. El menú para la cena era “laterío”: choclo, arvejas, lentejas y garbanzos enlatados, todos mezclados y condimentados. Para las 20:30 hs ya dormíamos como troncos. Amanecimos el 28/1/15 con la idea de ganarle al viento, que solía imponerse con todo su furor al rededor de las 10 de la mañana. Nos levantamos tipo 5:30 hs., para salir lo más temprano posible. (El día anterior Lucas me había recomendado sacar mi ropa de abrigo, teniendo en cuenta lo temprano que nos íbamos a levantar y el posible frío que podía hacer. Yo no tenía ganas, estaba muy cómoda contemplando la estepa desde adentro de la carpa y mirando como lloviznaba). Gran ERROR gran. Ya para arrancar nomás, pasé mucho frío, desarmar la carpa y tocar las varillas heladas se volvió inhumano, Lo mismo al montar y atar mi equipo sobre la bici. Mis manos estaban muy frías y no sentia ni mis pies! Até todo rápido y me subí a la bici. Comencé a pedalear al mismo tiempo que llorisqueaba de desesperación por el frío que sentía. Pedaleaba lo más rápido que podía para entrar en calor, lagrimeaba y puteaba a los 4 vientos. Lucas avanzó dos o tres kms conmigo, pero se volvió porque se había olvidado debajo del puente la botellita con el combustible del calentador ¡!. Seguí sóla, y recién después de 14 kms, comencé a sentir mis manos y a los pocos kms más, mis pies. Aunque era enero y el sol brillaba, no calentaba un carajo! Frené ante el asombro de encontrar varias máquinas viales estacionadas y sin nadie en el medio de la ruta: allí se terminaba el asfalto y continuaba la ruta pero ya de ripio y piedras sueltas. Ya mis extremidades habían vuelto en sí y me senté sobre una enorme máquina a esperar a Lucas. Más tarde me enteraría que los empleados de Austral, en protesta por la falta de pago de sus salarios, habían dejado las máquinas apostadas ahí, y se habían retirado, con la obra de asfaltado de la ruta 40 en aquel tramo, sin terminar. Lucas llegó con dolor de manos del frío que sentía, y me acordé del agua templada que había quedado del día anterior en el termo y se la volqué para que se le calienten. La experiencia de frío intenso que había pasado la podría haber evitado simplemente con haberme puesto los guantes, medias y ropa de abrigo, que descansaban en el fondo de las alforjas y que por fiaca mía el día anterior, no busqué y dejé a mano. No tuve en cuenta el factor: “salir de la carpa 5:30 hs de la mañana.”

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Seguimos pedaleando hasta Puente Blanco, donde Julio nos había dicho que encontraríamos ahí una casa de vialidad dónde seguramente nos dejarían dormir. El camino se hizo duro, mucho ripio, piedra suelta y viento en contra. Por suerte estaba soleado y pasaba un auto cada muerte de obispo. El paisaje se tornaba poco a poco más verde, se veían aislados cursos de agua, con patos y flamencos. Finalmente llegamos al puesto de vialidad, donde nos recibieron muy contentos y nos ofrecieron  una habitación para descansar. Al día siguiente ya continuaríamos viaje hacia Río Turbio.

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¿Por que me encanta viajar en bici ?(Mi mirada personal):

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Para mí, viajar en bicicleta es un perfecto equilibrio, que se mantiene en cada vuelta de pedal, y que involucra mi cuerpo, mi mente y mi espíritu. Viajando de esta forma, se me hace difícil no mantener el órden, y aunque no parezca a simple vista, es elemental saber dónde está cada cosa, que lugar ocupa dentro de mis alforjas, dentro de esa casita que cargo a cuestas sobre las rutas. Armonía, es lo que me colma como cicloviajera mientras ando y desando caminos, mientras observo el entorno que me abraza y me conecta con mi respiración, con mi cuerpo, mi alma y con todo lo que me rodea. Naturaleza indómita, aire con aroma a campo, calor del sol, a veces frío que cala los huesos, olor a asfalto mojado, a pasto húmedo, caminos de piedras sueltas, viento que me despeina, que me habla, que lo escucho, y a veces silencio, silencio absoluto y luego interrumpido por el andar veloz de un auto. Lluvia que me recuerda que tengo que buscar un refugio, cansancio que me hace detener a descansar, sensación de hambre, que más que sensación es: “corransé que me como a alguno”! En bici, todos los sentidos se activan, se potencian, se conectan y me hacen vivir ese momento, ese segundo, ese instante. Recorro pacíficamente pedacitos de mi tierra, esa que también le pertenece a todos demás de igual manera, todos con igual derecho a vivir. ¿O tengo yo más derecho que ese árbol, qué ese caballo, que esa vaca? Paso sin dañar, sin siquiera dejar rastro. Acampo en cualquier lado que me instinto apruebe, y si es en medio de la nada, mejor. Al día siguiente me voy, dejando ese paisaje inalterado, sin señal de que alguien descansó en ese suelo ni bajo esas estrellas. El ritual de viajar en bici se repite una y otra vez: desmontar todo, armar… Desarmar y montarlo nuevamente. Cocinar.. lavar.. ordenar.. Buscar hasta el más ínfimo rayito de sol que se asome y que me caliente la cara y las manos, mientras desayuno sentada en una piedra…..Luego, subirme a la bici, con mi pancita felíz y volver a pedalear. Aunque tal vez, si tuve suerte, alguna de esas familias todo corazón que abundan (gracias a Dios) x las rutas, pueblos, ciudades y hasta parajes desolados, me hacen un lugarcito en su casa para que me acomode: yo, mi novio, las bicis y todos los chiringos!!! Cuando eso pasa, una sensación de gratitud invade mi cuerpo y el pensamiento interno aparece: “Vamoooos! Hoy no armamos la carpa!!!!” Y aunque armar la carpa ya es un hábito que me gusta (y dormir adentro más), que nos regalen un respiro de vez en cuando… Encanta! Compartir con personas hasta hace momentos desconocidas, y de un instante para otro, casi familia. Entonces esa noche es especial, porque también tiene lo suyo…Y así se pasan los días viajando bici, entre incontables frenadas de golpe a fotografiar por séptima vez, ese mismo pico nevado que me está acompañando desde la mañana, o ese curso de agua que me sigue y me pasa, o a retratar ese cóndor que por más zoom que le ponga a mi cámara, nadie jamás me va a creer que lo tuve volando tan bajito. Me subo a la bici, tomo agua, me bajo, pico algo. Pedaleo de nuevo, freno.. me acomodo el pelo y entonces me subo de nuevo, saludo con la mano, ando por horas y me dejo sorprender por todo lo que me rodea. Mis retinas no quieren perderse detalle, hasta el punto en que siento que ya ni me distingo dentro del paisaje, me siento parte (y nunca falta el que saca una panorámica con un cicloviajero adentro), me conecto de nuevo, me distraigo, me canso, mi mente se va cada tanto, pero es más lo que está acá, que divagando… tal vez insulte, tal vez grite de alegría… o cante a toda voz… quizás le diga un piropo a algún animalito que vea, o algún árbol… Viajar en bici y amarla, y hasta sentir que es una extensión de mis piernas. Poder apoyarla en cualquier lado para descansar, para adueñarme de esos lugares que más me gustan, esos con las mejores vistas y sin ningún turista. Mates que me acompañan en los atardeceres, sueños reflejados por la luna durante la noche o interrumpidos por una tormenta inesperada. Y esos tantos amaneceres que me encontraron siempre en un lugar diferente: abro el cierre de la carpa, asomo la cara y ahí estoy: no es un sueño… es mi sueño haciéndolo realidad. Viajando en bicicleta la mayor parte del día estoy al aire libre, es autoinmunizante y me olvido de lo que es un resfrío! Problemas para dormir? Nahhh, no existen. Porque me desmayo cuando se esconde el sol y me despierto cuando sale. Y lo mejor es que siento que dormí tanto y tan bien, que ni un Tiranosaurio Rex saltándome arriba de la carpa me puede despertar. Eso sí: los pasos de algún cristiano o canino merodeando cerca de mi bici inexplicablemente me levantan y me ponen alerta.

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Para mí viajar en bici es eso, y mucho más también. Es ponerme a prueba todo el tiempo, es desafiarme, conquistar caminos, mirar hacia atrás y decir: “Wow, mirá hasta donde llegué yo solita! Es gratificante. Es el premio merecido por el esfuerzo sostenido. Me abre la mente, expande mis propias fronteras, supera mis miedos. Digamos que: “me reinicia el chip”. Por eso no tengo dudas de que todos deberían alguna vez probar la experiencia de viajar en bicicleta, así sea por 5 días! Estoy segura de que arriba de los pedales se viaja y se vive más intensamente!

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