Somos como Viajamos

Compartí con nosotros el camino hacia nuestro sueño: viajar en bicicleta por la ruta 40, desde Ushuaia a La Quiaca!!!

La España que me llevo

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Julio del 2008, habían pasado 25 años de haber llegado a este mundo y sólo 8 meses de haberme separado. Con la ilusión y la adrenalina de quién por primera vez experimenta tener un boleto de avión en mano, a instantes de probar por mi misma la sensación de “volar”, de despegarme del suelo, de abrir mis alas y fluir a lo desconocido, a todo lo que ese primer viaje significaba para mí, ahí me encontraba yo con mi equipaje en Ezeiza. Nacida en Argentina, uno de los dos países más australes del mundo, era la primera vez que viajaba sola, y mi destino era del otro lado del “charco”. La razón, o tal vez excusa, visitar a mi hermano que hacía varios años vivía en España.

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La alegría, los nervios y la euforia se apoderaron de mí cuando el avión comenzó a despegar, o tal vez antes. Estaba emocionada, ansiosa. Luego de varias horas de vuelo, mis ojos vieron desde el aire por primera vez España: repleta de un sin fin de pequeñas luces, que brillaban todas en un cielo oscuro, que se hizo esperar antes de mostrar su nuevo amanecer. Un día más para muchos, ese día, único para mí. Seguía alegre, casi infantil. Pisé suelo español en Barajas y antes de poder mentalmente ubicarme en tiempo y espacio, me embarqué en un segundo vuelo, esta vez de cabotaje y con destino a Málaga. Aún recuerdo a la pasajera a mi lado leyendo su libro, completamente abstraída de todo, y yo sin entender como no miraba en absoluto por la ventanilla, mientras sus ojos ignoraban la costa del sol, los míos la pretendían absorber toda en un mismo instante. En el aeropuerto de Málaga, me recibieron mi hermano junto a mi cuñada: abrazos fuertes, cálidos e interminables, que había guardado por mucho tiempo, a la espera de ese encuentro. Fue en San Luis de Sabinillas, provincia de Málaga, una pequeña población, con hermosas y tranquilas playas, donde comencé mis vacaciones. Los días eran largos, el calor constante y las noches estrelladas. A la mañana temprano, me iba a la terminal de ómnibus, allí elegía mi destino, cercano, como para ir y volver en el día, llevando sólo mi mochila con lo necesario. Todo era nuevo. Todo me gustaba. De España no esperaba ni imaginaba nada, tal vez por eso me gustó tanto. No dí espacio para la frustración que sucede cuando lo mentalmente concebido y lo real, difieren. Llegué como una paracaidista a tierra desconocida, resultado de mi inexperiencia viajera, y realmente lo que conocí,en su mayoría me encantó.

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En S. L. de Sabinillas, caminé kilómetros descalza por la arena de sus playas solitarias, junté caracoles, corrí tras cientos de gaviotas, me bañé en las aguas de un Mar Mediterráneo de olas casi inexistentes, un mar silencioso, casi sigiloso, un mar cálido, diferente a las aguas de las que mi piel se había acostumbrado verano tras verano en Mar del Plata, mi ciudad natal. En las playas de Tarifa me dejé volar, y colmé mi vista con los colores de los barriletes de quienes la eligen para practicar su deporte preferido. Visité y recorrí Marbella, me perdí en sus playas repletas de turistas. Los atardeceres me encontraban sentada en algún muelle de los pequeños puertos deportivos de las localidades costeras de España, alimentando con miguitas de pan a sus peces.

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De paso por Benalmádena, probé silenciar mi mente en un templo budista. Compartí todo un día con españoles amigos, disfruté de su forma de hablar. Con ellos conocí Casares, donde me dejé llevar por sus callecitas angostas y empinadas, fotografíe sus blancas casas, con maceteros llenos de flores colgando de sus paredes, descubrí con sorpresa los Baños de Hedionda, me hunté barro en todo mi cuerpo y me sumergí en sus aguas sulfurosas de intenso aroma. En España subí sierras y conocí antiguos castillos. Fui espectadora del Circo del Sol, y disfruté su espectáculo “Alegría” como niña. Crucé la Línea de Concepción hacia Gibraltar, adorné con un sellito más mi pasaporte, y con sorpresa viví el cambio de cultura, idioma y moneda, de este pequeño país que se manifiesta a los alrededores de un gran peñasco. En la localidad de Maro, descubrí la Cueva de Nerja y me adentré a ese increíble mundo subterráneo, casi irreal, donde mis sentidos se despertaban paso a paso en mi recorrido por sus galerías, donde jugué por momentos a ser geóloga y hasta creí estar en otro planeta. Días festivos, tapas en cualquier bar, tardes de playa, ferias, y mucho más disfruté en Estepona, Fuenguirola, y San Pedro de Alcántara. Conocí Puerto Banús, me empalagué de sólo ver sus lujos, sus imponentes yates y ferraris que parecían sobrar, todo eso a escasos kilómetros del continente más pobre, me hacía pensar sobre las diferencias sociales tan abismales que existen y convergen en este mundo.

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Cuando las selfies no se usaban

En el Puerto de Algeciras, crucé el Estrecho de Gibraltar en ferry con destino a Tánger, Marruecos. En ese viaje fugaz dentro de otro viaje, disfruté del té, de los sabores típicos, vivencié el cambio cultural, la increíble intersección del Mar Mediterráneo con el Océano Atlántico, que se funden el uno con el otro sin más, y fue ahí que sentí el sol más cerca, lo ví tan inmenso como nunca antes. Caminé por la cueva de Hércules, paseé por el zoco y hasta me subí a un camello. Luego volví a España, para disfrutar de mis últimos días del viaje y cerrar así una experiencia, para mí, inolvidable.

Vista de Marruecos desde España.-

Vista de Marruecos desde España.-

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La aveja que rescatamos con pajitas de  un inminente ahogo dentro de la gaseosa

La aveja que rescatamos con pajitas de lo que podía haber sido su fin dentro de la gaseosa

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Hoy, a pocos meses de emprender un nuevo viaje, pero esta vez en bicicleta, con un amor, y por todo mi país, cuando recuerdo ese viaje vivido años atrás, pienso que vaya a donde vaya, de la forma que sea, por el tiempo que sea, lo que me queda de cada viaje y de ese en especial, además de los paisajes que aún viven en la retina de mis ojos, las personas que conocí, las que me acompañaron en ocasiones y disfruté, lo que me queda y lo que voy a llevar siempre conmigo, eso que ni expresándose con palabras ni con fotos puede alcanzar la magnitud de lo que realmente es o fue, son las sensaciones que llenaron mi alma, son las impresiones que se tatuaron en mi piel, los aromas que se impregnaron en mis fosas nasales, es el regocijo de mi corazón y la autoconfianza que gané kilómetro tras kilómetro de mi viaje, de cada viaje. Es lo que me queda. Lo que me llevo. Lo que me alimenta, lo que vale. Es esa compañía conmigo misma, ese reencuentro, ese sentir, ese aprendizaje, ese crecer y trascender, porque todo viaje hacia afuera es inevitablemente un viaje hacia adentro también.

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